
De casetes piratas a Sábado Gigante: un cruce casual en una feria del libro en Talca abre la conversación con Emiliano Navarrete sobre el álbum que masificó al trío sanmiguelino y consagró su mirada sobre el Chile de los ochenta.
Por Paulo Gálvez S. / @elpaulog
Corría septiembre de 1986 en Chile —apenas ocho días después del atentado a Pinochet a manos del Frente Patriótico Manuel Rodríguez y con un desempleo histórico del 13,5%— cuando, un 15 de ese mismo mes, salió a la luz Pateando Piedras, el segundo disco de Los Prisioneros.
Hacía unos días la radio ya había comenzado a sonar distinta, como testigo de que lo que venía era una nueva fuerza cuando emergieron los acordes oscuros de un sintetizador: eran Los Prisioneros irrumpiendo con un sonido completamente nuevo en «Muevan las industrias». Atrás quedaba el punk “tarriento” de sus comienzos; ahora traían una propuesta moderna, lista para encender la chispa y hacer explotar a quienes pateaban piedras y juntaban monedas.
Cuarenta años después, paseando por la Feria del Libro Infantil y Juvenil de Talca (FILIT), me topé con unos libros de Virus y Los Prisioneros. Me entusiasmé, pero andaba solo con lo de la micro y unas cuantas chauchas más. Me compré un mini libro de SUMO y el dueño del puesto me dijo: «¡Dale una oportunidad al de Los Prisioneros!». Terminamos conversando un buen rato; resultó que él mismo había compilado ese libro titulado Pateando piedras. De pronto vi la hora y ya era tarde. Nos despedimos: se presentó como Emiliano y, con un apretón de manos, respondi: «Paulo». Ya en la micro pensé: «¡Mañana vuelvo sí o sí!».
Al día siguiente, entre el ruido de la feria y las interrupciones de personas preguntando por sus productos, apreté rec:
— Hola, soy Emiliano Navarrete, editor de Biblioteca Chilenia y compilador de Pateando Piedras: un homenaje colectivo a Los Prisioneros.
— Cuéntame de este libro y cuál es su contexto para publicarlo ahora.
— El libro Pateando Piedras surge frente a la insistencia y necesidad de los lectores de la editorial, que querían un libro de Los Prisioneros. Entonces, junto con algunos integrantes del Colectivo 40 —entre Julio Osses, Cristóbal González Lorca y yo—, comenzamos a trabajar en una antología desmenuzando las canciones del Pateando Piedras, incluyendo la dimensión de los demos.
Este libro está en el marco de la celebración de los 40 años del Pateando Piedras y del trabajo que hizo Miguel Tapia con su productora en el evento del GAM. Bebe de ese contexto; o sea, si el libro no hubiese estado ahí, igual hubiese sido lanzado en otro lugar. Pero el que esté permeado con ese halo es ya un respaldo tanto institucional como simbólico gigantesco, del cual estoy muy agradecido.
— ¿Qué significan para ti Los Prisioneros?
— Yo soy melómano, soy bibliófilo y soy cinéfilo. Me gustan las artes. Cuando era chico escuchaba casetes de Pink Floyd, Jean-Michel Jarre, Vangelis, Ana Gabriel, Los Prisioneros, Soda Stereo, Los Enanitos Verdes. Siempre crecieron conmigo. Tuve la fortuna de poder ver a la formación original en el Festival de Viña, lo que es para mí la mejor presentación de Los Prisioneros en la vida. Desde lo musical y desde la performance, en realidad, es su mejor presentación: nadie desafina, nadie se equivoca, es un trabajo muy prolijo. Eso incluyendo las improvisaciones, los chistes, los solos.
Mi vinculación va desde los afectos, desde la infancia. Desde reconocerse en que alguna vez uno, cuando chico, finge tener una banda y toca las típicas canciones de siempre: «El baile de los que sobran», «Sexo», «La voz de los ’80»… el kit típico de fogata.
— A propósito de eso, Los Prisioneros tienen una gran llegada a los niños. ¿A qué crees que se debe eso? No hablo necesariamente de adolescentes que quieren tener su banda, sino de niños incluso más pequeños.
— Es porque es simple. Son acordes simples, es una estructura en apariencia sencilla y fácil de ejecutar: bajo, batería, guitarra, voz. Son elementos que están a la mano, en comparación con un clarinete o un acordeón. Le da a uno toda la confianza en cuanto a la sencillez de conseguir los instrumentos y la memoria muscular de cómo hacer el acorde o la performance, lo que lo vuelve mucho más cercano.
— Claro, y los coros pegadizos también.
— Absolutamente, son tremendas rolas. Una cosa que tuvieron Los Prisioneros es que, si bien tuvieron mucha aversión por parte de la prensa, llegaron fácilmente tanto a las peñas como a las discotecas. Y ya estar en el mixtape de la discoteca o el mixtape del bailongo te da otra entrada, porque ya no es solo para el público especializado del “panketa” o del rockero: le llega a la dueña de casa, le llega a la señora Juanita.
— Jorge González en algún momento decía que Pateando Piedras era un disco muy de colectivo. ¿Qué te sugiere eso? ¿Por qué es importante para ti?
— Pateando Piedras es el disco que consagró a Los Prisioneros como la gran banda que es. Fue el éxito de Pateando Piedras el que permitió que La voz de los ’80 se hiciera conocida. Piénsalo: La voz de los ’80 tuvo como circuito las peñas folclóricas, peñas universitarias, liceos y colegios privados o gimnasios. Y ahí se quedaba, en el underground.
Pateando Piedras les permite llegar a Sábado Gigante, a Canal 13, a llenar gimnasios y estadios, y a ser una banda visible. La operación que hace El Mercurio a través de todas sus filiales de crear esta caricatura de la banda contestataria, resentida y enojona, en vez de repeler a la gente para que escuchara más a Cinema o Upa!, provocó que los empezaran a querer más. Logró el efecto absolutamente contrario a lo que buscaba la prensa.
Por eso Pateando Piedras es el disco consagratorio. En la revista Super Rock (de la revista Vea) ganaron los Top 4: mejor compositor para Jorge González, mejor canción del año con «El baile de los que sobran», mejor disco del año con Pateando Piedras y mejor banda para Los Prisioneros. Si están en el Top 4, ya es evidente que hicieron una buena pega.
Además, Tapia y González, que trabajaban en la disquería Fusión vendiendo discos, realmente se empaparon de la “ñoñería” New Wave ochentera. Por eso no buscaban emular el sonido de la época: eran parte de ese sonido. Ocupaban las mismas máquinas que Depeche Mode, Pet Shop Boys o New Order. Y ese aprendizaje, en vez de traducirse en una imitación (como ocurrió con Aparato Raro), dio paso a algo propio, algo de autor. Como Los Prisioneros, o como también lo hizo Electrodomésticos. Hay una voz autoral y una voz de conjunto. Eso se nota y contagia al trabajo anterior, que ya era fenomenal. Hacer un disco de rock con influencia de punk y reggae en los 80 en Chile es buenísimo, y le abrió la puerta a muchos estilos.
— ¿Y qué piensas de la guitarra de Narea? Para mí es un guitarrista que maneja una gama amplia de estilos; quizás sin solos de “héroe de la guitarra”, pero muy ecléctico.
— Lo que tiene Narea es una sed de aprendizaje tremenda, que también tienen Jorge González y Miguel Tapia. Solo que, a diferencia de los otros dos, él está acomodado en el rock and roll. Y está bien, es su gusto. Nadie le va a decir a Los Tres: «¡Ay, otra vez rockabilly con influencia jazz huachaca!». Jamás. Esa sed de aprendizaje hace que sepa de ska, aprenda de post-punk, sepa de punk… En las entrevistas de los años 84 u 86 ya hablaban de La Polla Records, cuando esa música todavía era de contrabando.
— Volviendo a Pateando Piedras: hablábamos hace un rato de que era un disco conceptual. ¿Por qué lo crees así y qué canciones, aparte de las más conocidas, consideras fundamentales dentro del álbum?
— Es que las cuatro grandes son las fundamentales y son las que le dan el concepto al disco. Miguel también lo dice: la frase que más repetía su padre cuando quedó cesante era «quedé pateando piedras». A partir de ahí, Jorge y Claudio, con su sentido del humor retorcido, comienzan a hacer chistes: «Pateando piedras, juntando monedas, soy un simple auditor…», «Quiero ser un héroe…», «¿Y por qué no me escuchan en la radio si yo no me drogo?». A partir de ese humor surge el concepto de los derrotados del sistema.
Ahí tienes «Muevan las industrias», «El baile de los que sobran», «¿Por qué los ricos?» o «Quieren dinero». Tienes el corazón del disco. Pateando Piedras es la capacidad de asumir la piel del otro. Y no ser otro, sino ser uno mismo. Es como —con el perdón de los animalistas— ponerse una casaca de cuero: estoy habitando la piel de otro animal, pero soy yo. Yo le pongo mis pinches, mis pines, mis chapitas, un estampado, o la rajo si quiero.
— Una evolución sin perder la identidad.
— Así es. Porque Los Prisioneros no se dedicaron a emular: se dedicaron a explorar. Esa es la gran diferencia, y por eso sobreviven a los ochenta.
De pronto, la conversación se interrumpe.
— ¿Tienes diccionario de inglés? —pregunta un visitante al puesto.
— No, no tengo diccionario de inglés. Somos una editorial independiente, tenemos fantasía y rock —responde Emiliano.
— ¿De rock?
— Sí.
El libro se encuentra disponible en Buscalibre. Sigan a Biblioteca Chilena en redes sociales. También tienen títulos sobre Los Tres, Charly García, Virus y siguen trabajando en nuevas ediciones.