
Las polémicas racistas del Mundial revelan una vieja idea: que la nación pertenece a quienes comparten un origen étnico, y no a quienes construyen una sociedad común
Por Equipo Chilepunk.CL
Hace pocos días, el expresidente derechista del gobierno español, Mariano Rajoy, aseguraba en una columna que la selección de Francia es muy buena, pero que, en realidad, “no tiene franceses”. Casi al mismo tiempo, las redes sociales volvían a llenarse con videos de cánticos racistas por parte de fanáticos argentinos en Estados Unidos durante la Copa del Mundo, apuntando precisamente al origen de los jugadores galos. Estas reacciones demuestran que el torneo más importante del planeta siempre termina hablando de algo mucho más complejo que el juego. Como plantea Juan Pablo Meneses en Postfútbol, el deporte hace tiempo dejó de ocurrir solo en la cancha: el fútbol es un reflejo de nuestros tiempos. Es un escenario privilegiado donde aparecen las tensiones, las contradicciones y obsesiones de nuestras sociedades moldeadas por el capitalismo.
Lo más preocupante, es que detrás de la miserable provocación de Rajoy y de los gritos xenófobos en las tribunas subyace una idea vieja que, aunque siempre está latente, se reactiva con más fuerza cada cuatro años con la inmensa exposición mediática que tiene la Copa del Mundo: la pretensión de que un país/Estado debería corresponder a una sola nación y, en el fondo, a una sola etnia. Por eso todavía hay quienes se incomodan al ver a un francés con raíces africanas, a un alemán de origen turco o a un inglés con ascendencia caribeña defendiendo los colores del país donde nacieron, crecieron y se formaron. Es una reacción que opera bajo una premisa falsa: la de creer que la nacionalidad viene inscrita en la sangre, como si fuera una herencia genética inalterable y no una construcción histórica, política y social.
Petrificación del racismo en el imaginario colectivo
La fórmula Estado = nación = etnia se ha petrificado en el imaginario colectivo a lo largo de los siglos. Nadie discute que las culturas, las lenguas y las historias compartidas son fundamentales en la construcción del tejido social. Pero el mundo es un lugar más complejo que hace doscientos años. El quiebre ocurre cuando la ciudadanía deja de ser un compromiso cívico en constante construcción y se reduce a la idea fascistoide en la que el derecho a pertenecer se decide por el apellido, la procedencia de los abuelos o la tonalidad de la piel.
Lo más incómodo (y también bastante absurdo) es que esta discusión no es un patrimonio exclusivamente europeo. Estas narrativas son reflejadas en América Latina. Esos cánticos de la hinchada argentina que hoy indignan son el recordatorio de que que el racismo estructural está instalado en nuestra propia región. Chile y otros países latinoamericanos tampoco están libres de esta discriminación cotidiana y que más de alguno relativiza como “folclore futbolístico”.
La contradicción es dolorosa: en América Latina también reproducimos con asombrosa facilidad ese relato de “pureza” étnica como el deber ser de un país. Es un discurso que hemos incorporado y repetimos en nuestras propias fronteras, pese a vivir en sociedades construidas explícitamente sobre el mestizaje, el despojo a los pueblos originarios, la colonización, la esclavitud, las corrientes migratorias y las infinitas mezclas culturales que nos definen.
La comunidad imaginada y la camiseta
La “pureza” nacional no existe. Es una fantasía. La homogeneidad nacional es, en gran medida, un relato construido, tal como lo han demostrado teóricos como Eric Hobsbawm, Étienne Balibar o Benedict Anderson al estudiar el origen de los Estados modernos. En el caso de Anderson (1983: “Imagined Communities: Reflections on the Origin and Spread of Nationalism”), éste describe la nación como una “comunidad imaginada”. No porque fuera falsa, sino porque el sentimiento de pertenencia no nace de la sangre, sino de historias, símbolos y experiencias compartidas. Pocas cosas grafican mejor esa idea que una camiseta de fútbol durante un Mundial.
Estamos en un momento global donde los nacionalismos excluyentes y los discursos autoritarios vuelven a ganar terreno en el debate público y por eso urge reconocer estos patrones neofascistas. No se trata de clausurar las discusiones legítimas y necesarias sobre migración, integración, fronteras o políticas públicas. Se trata de evitar a toda costa que esas discusiones terminen reduciendo la pertenencia cívica a una cuestión de sangre u origen.
Porque cuando una sociedad empieza a preguntarse quién tiene derecho a pertenecer, el eje del debate cambia por completo. Se deja de discutir sobre identidad para empezar a diseñar mecanismos de exclusión. Y ya lo sabemos: el fascismo y la xeonofobia no son una opinión.